Con estos ojos, pte. 2

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 ¿Pude haber hecho algo para impedir éste terrible destino? Quizás no debí haber despertado tu sexualidad. Quizás, lo que hice fue prenderle fuego a un gigante voraz que había estado dormido.

 No: yo sé que todo ésto es a causa de la herida que te inflingí; por aquél insulto que nunca me perdonaste, y que yo nunca me voy a poder perdonar a mí mismo.

 

 Desde que tengo memoria, he escuchado a diversas personas localizar el amor en el corazón. Hablan de ‘corazones rotos’. Pues bien, hoy les concedo razón.

 Es cierto: llegamos a éste mundo con un corazón entero; dispuesto y capaz de amar de manera plena. Entregada. Completa. Y, conforme vamos avanzando por la vida, nuestro corazón va rompiéndose.

 ¿Has visto a la gente hoy en día? Hombres y mujeres que existen como muertos en vida; solamente sobrellevando cada día; sin emociones, sin entrega. Convertidos en auténticas máquinas de ganar y gastar dinero. Completamente ajenos a los sentimientos de quienes los rodean.

 Solamente se acercan al otro de manera superficial. Aún en la compenetración del sexo, su espíritu está desconectado de su cuerpo. No existe mayor cercanía física entre dos personas que aquélla del coito; y sin embargo aún a pesar de que muchos son capaces de compartir ésa cercanía con varias personas, pocos son los al hacerlo tocan con sus almas el alma del otro.

 En cambio, existen como seres dispuestos a destruír a quienes les rodean con tal de conseguir sus propios fines, e indispuestos a sacrificarse a sí mismos por un bien ajeno. Condenados a morir en una cruenta batalla de envidias y competencia ponzoñosa. Descorazonados.

 Pero no es su culpa. Es culpa de las heridas que recibió su corazón; en algunos casos directamente de la mano de sus padres, algunos de los cuales se dedican a humillar a sus propios hijos, criándolos sin amor, y siendo completamente indiferentes ante sus alegrías, sus tristezas, sus enojos. En ocasiones ésto lo hacen porque sus corazones también están carcomidos por la pobreza, o la carencia; o, quizás, a causa de su preocupación por salir adelante se olvidan de velar por lo que sienten sus hijos. Muchos de ellos, cegados por el sistema, corren tras el dinero y los bienes materiales, creyendo que éso los hará felices.

 Éstos niños resentidos, cuando crecen, buscan desquitarse con alguien. Y así encuentran a alguien vulnerable para jugar con él, o simple y llanamente para destruírlo. En otras palabras, buscan un corazón entero para destruír.

 Es así como se compone el desfile de corazones rotos que hoy en día predominan; un tema con repeticiones; un círculo vicioso. Están todos ellos tan lastimados, que su humanidad ha muerto. No queda nadie para sentir. Todos vivimos destruyéndonos mutuamente, de manera entumida, insensible.

 

 Y ahora tu y yo seremos dos descorazonados más, mi vida. Pudimos haber sido tan felices juntos; nuestros corazones habrían refulgido entre las tinieblas de la indiferencia de la gente contemporánea, con la luz de nuestro amor.

 Pero fue por mi culpa, que alrededor de tu corazón se erigió un muro de indiferencia. Y ahora serás como tantas otras, pidiéndole a tus amantes que laman tus heridas. Coleccionando caricias, en un intento desesperado de sentirte querida. Todo por causa mía.

 Ahora, no me queda más que cargar con la culpa; un bulto que llevaré conmigo el resto de mi vida. Y seré testigo de todos los trucos; de todas las posturas que te enseñarán en la oscuridad. Con éstos ojos, habré de ver cómo te toman, con fuerza, con furia pasional. Tu rostro. Tu espalda. Tus pechos. Tus caderas.

 Y luego los oiré alardear con sus amigos. Se referirán a tí de manera despectiva; hablarán de tu cuerpo, de cómo gimes y de todo lo que haces y te dejas hacer. Y reirán en medio de los sorbos de cerveza.

 Ellos jamás te entenderán, como yo lo hago. Podrán manosear tu cuerpo, respetuosa o irrespetuosamente, pero nunca podrán apreciar tu ser.

 Sea como sea, ya nada de éso importa. Tú jamás volverás a ser mía.

 En cambio, ahora me tocará a mí, día a día, sufrir mi penitencia para pagar por mi yerro imperdonable: pues estaré condenado a contemplarlo todo, sentado e impotente, sin poder hacer nada, como una prostituta que no tiene otra opción más que permitirse ser penetrada. De ésa misma manera, la verdad me penetra a través de éstos ojos, cada vez que a tí te penetra otro; y mientras veo tu rostro derretirse en éxtasis y placer, mi alma se destroza.

 Y tú, indiferente. No puedes entender el dolor que me ahoga cada vez que veo que a tí te tocan otras manos. Porque tu alma ya es sólo un alma rota más. Por mi culpa; indiferente ante mí. Ante lo que siento por tí; ante mi muerte en vida.

 Mi espíritu se quiebra, día a día, quedando sin posibilidad de ser reparado, ante tu completa indiferencia. 

bleedin' eye

Richa Robelo presenta su poema: “Vouyerista involuntario“.

Robelo_vouyeristainvoluntario

(Clic en la imágen para leerlo.)
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